Femicidio: asesinato de mujeres por razón de su género.

Por Soledad Gago

En 2017 murieron 30 mujeres en Uruguay por ser mujer. El 2018 cerró con 29 víctimas y en lo que va del 2019, cuatro mujeres murieron por el hecho de ser mujer. Por cada una de ellas fueron muchas las que gritaron, muchas las que lloraron, las que se dieron la mano para decir que “vivas nos queremos”, que “ni una mujer más, ni una mujer menos”.

Por cada una de las que murieron en manos de un hombre este año, hubo muchas más que rompieron el silencio y con carteles y tristeza y rabia y miedo pidieron, gritaron, que por favor, ni una menos.

Ni una menos porque Uruguay ocupa el quinto lugar de América Latina y el Caribe (de 23 países) en número de mujeres asesinadas por su pareja o expareja, según datos de Cepal. Ni una menos porque Uruguay, con tres millones y medio de habitantes, es uno de los países más violentos con sus mujeres, incluso comparado con regiones de Europa, como España, en donde son 46 millones y medio y hasta noviembre llevaban 44 femicidios.

Ni una menos porque eran madres, hijas, abuelas, amigas, sobrinas, primas. Porque varias eran niñas. Porque tenían sueños, gustos, miedos. Porque eran mucho más que un doloroso agregado a la estadística. Porque la libertad no puede —no debe— ser utopía. Porque de la muerte de cada una de ellas somos responsables todos y todas las estructuras que creamos y nos impusimos desde que los hombres fueron hombres y las mujeres, mujeres.

Ni una menos por cada una de ellas. Porque ellas muertas ya no sueñan.

Femicidios 2019

Micaela Onrrubio (30 años)
27/03/2019 - Villa Rodríguez, San José

La salida de su trabajo en la tardecita del 27 de marzo fue lo último que se supo de Micaela Onrrubio. Tras una denuncia de vecinos del paraje “El tropezón”, en el kilómetro 67,200 de la Ruta 11, la policía detuvo a un hombre de 45 años con el que ella tenía relación hace algunas semanas. Disparos y pedidos de auxilio fueron escuchados por los vecinos, que hicieron la denuncia. El hombre no confesó ni dio pistas sobre el crimen, pero rastros de sangre en el auto hacen que los “indicios muestran que sí se cometió este delito”, según declaró la fiscal del caso. El cuerpo de Onrrubio todavía no fue encontrado. Más información.
Rosana Batista (29 años)
05/03/2019 - Artigas

Rosana, policía de 29 años, fue asesinada por su pareja, también policía. Ella había denunciado al hombre y él tenía una orden de alejamiento que no cumplía. Esta situación fue advertida, pero no se actuó a tiempo. Miembros de la policía de Artigas fueron sancionados por el mal accionar en este caso. Más información.
Inés Peña (61 años)
02/02/2019 - Rincón de la Torre, San José

Heber Sellanes, pareja de Inés Peña, la asesinó en una tapera en un campo de su propiedad en el paraje Rincón de la Torre en San José y luego se suicidó. Más información.
Jaqueline Rodríguez (34 años)
30/01/2019 - Paso de la Arena, Montevideo

Jaqueline, ciudadana cubana pero residente de Montevideo, fue asesinada por su marido en su casa. El asesino, tras realizar el femicidio, avisó mediante un mensaje de texto y se dio a la fuga pero días después fue capturado en Cerro Largo. Más información.



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En Uruguay hay una denuncia por violencia de género cada 14 minutos.

* Datos presentados por el Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad.


El caso que nunca pude olvidar

Por Renzo Rossello

Nunca pude olvidar su rostro, la última mueca de horror congelada, el orificio limpio y oscuro en la sien. Se llamaba Lourdes Margot Pellejero y tenía 41 años, madre de dos hijos por entonces adolescentes. Su cuerpo fue hallado en un baldío sobre el camino Las Flores, en la zona de Santiago Vázquez, al cabo de varios días de búsqueda. Su esposo, el femicida, la había abandonado allí luego de cargarla a pulso durante varios metros campo traviesa entre los pastizales y orientándose por la antena del Sodre, visible desde varios puntos. La última discusión había sido en el interior del taxi en el que trabajaba Rafael Omar Pereira (50), el hombre que en los últimos cinco años había convertido la vida de su esposa en un infierno. Había colocado la pistola calibre 7.65 sobre la sien izquierda y luego apretó el gatillo. Más tarde, como suele corroborar la estadística, se quitó la vida con la misma arma cerca de la Tribuna América del Centenario.

“Criar una hija para que termine así, en un campo perdido y rodeada de policías, perros y caballos”, comentó un agente uniformado que tenía cerca. Los dos asentimos en silencio. Todos, policías, periodistas y testigos con un nudo en la garganta rodeándola. Aquel era el final de cuatro días de búsqueda, una mañana invernal y desolada, con el final que todos sabíamos.

Por alguna razón es el caso que nunca pude olvidar. Pasó en julio del año 2000, pero cierro los ojos y todavía veo aquel rostro. Hacía apenas unos meses que había ingresado a este diario como jefe de la página policial. Durante muchos años cubrí este tipo de noticias y los casos de violencia extrema de género fueron siempre un desafío profesional. Para empezar, la mayoría de quienes trabajábamos en esas áreas informativas éramos varones. Las fuentes policiales que solíamos contactar en busca de información también lo eran. Los prejuicios de género eran el peor obstáculo con el que te tropezabas una y otra vez mientras procurabas información sobre un caso de esta naturaleza. “¿Quién puede saber lo que pasa entre cuatro paredes?”, te decía más de uno, a veces en tono socarrón, como si hubiera que entender que la mujer se lo había buscado. O que alguno soltara como al pasar “¿y vos qué harías si te metieran los cuernos?”. Solo un compromiso profundo con los principios de nuestra profesión puede mantener a flote a un periodista, el consuelo de aproximarse a la verdad, de mantener el respeto por esas vidas perdidas.

Los casos de violencia de género existieron siempre, claro. Pero la posibilidad de informarlos libremente y en su debida dimensión supuso un trabajo arduo para muchos periodistas, entre los que modestamente me cuento. El compromiso por informar ha sido la contribución de muchos cronistas anónimos en la lucha contra esta trágica epidemia que todavía sigue.

7 de cada 10 mujeres han sufrido violencia de género en Uruguay.

* Datos que se desprenden de la Primera Encuesta Nacional de Prevalencia de la Violencia bada en el Género y Generaciones

Ser mujer, en 14 escenas

Por Ana Laura Pérez

La muerte de mujeres y niños es la cara más terrible y definitiva de la violencia de género. Sin embargo, la violencia existe y se manifiesta de maneras más sutiles prácticamente desde que nacemos.

En episodios que van educándonos en que si un hombre te dice algo en la calle es porque tu pollera es demasiado corta, que si alguien te toca es porque lo provocaste, que hay que ponerse contenta si tu pareja te trata como una igual, que hay que comentar con alegría que “te ayuda” en tu casa o que “no hay que dejarlo solo” cuando estás en el puerperio porque “los hombres necesitan atención”.

Por eso elegí contar cómo me convertí en mujer a partir de 14 momentos de violencia, de agresión, de miedo. Contar, que aunque estamos en 2017, sigue siendo muy distinto crecer hombre que mujer en esta tierra.

  1. 1979

    NACÍ

  2. 1986
    Cuando tenía 7 años un día llegué temprano a la casa de una amiga y ella estaba en un mandado con su madre. El hermano grande me dijo que teníamos que jugar a un juego y que él me iba a explicar cómo. Me pidió que pusiera mi mano en su pantalón y la dejara ahí. Sentí algo raro, como equivocado, y la saqué. Salí corriendo. Nunca se lo conté a nadie.

  3. 1987
    Cuando tenía 8 años, mi madre me enseñó que aunque siempre me había dicho que eso no estaba bien, podía pegar si un varón me tocaba el culo. “Todo lo fuerte que puedas”.

  4. 1988
    Cuando tenía 9 años el hermano de una vecina me dijo que si jugábamos a la escondida me metiera con él en el ropero. Ahí a oscuras, él, que tenía 14, me agarró la cara y me besó con fuerza. A mi no me gustaba él, y no me gustó lo que hizo. Pero tampoco dije nada. Me dio miedo que no me dejaran jugar más con mi vecina.

  5. 1989
    Cuando tenía 10 años una amiga de mi abuela me rezongó por decir tantas malas palabras: Ningún varón va a querer ser tu novio, me dijo.

  6. 1990
    Cuando tenía 11 años me fui de viaje de fin de año a las termas con mi escuela. Estaba en lo alto del tobogán, pronta para tirarme, y uno de mis compañeros metió su mano adentro de mi malla y me empujó hacia adelante. Mientras caía, podía escuchar sus risas.

  7. 1990
    Con 11 y medio, mi madre me rezongó porque me puse a jugar con mi lengua y un helado palito en el ómnibus. “Tenés que tener cuidado”, me dijo, “tu cuerpo ya no es el de una nena”

  8. 1991
    Cuando tenía 12 años, iba caminando hacia el colegio con una amiga a las 7 de la mañana y un hombre venía de frente. En pleno día por la calle Minas, se abrió su ropa y nos mostró el pene. Salimos corriendo y nos metimos por otra puerta.

  9. 1994
    Cuando tenía 15 años, esperábamos con un grupo de amigas en Tres Cruces para irnos de excursión al tambo de los padres de una de ellas. Era nuestra primera aventura de grandes y hablábamos de eso emocionadas. Al lado nuestro, un hombre sacó su pene de adentro del pantalón y empezó a masturbarse.

  10. 1996
    Cuando tenía 17 años, aprendí que ir a bailar de noche era sinónimo de que te tocaran sin permiso. De agarrarte la mano, tocarte el pelo, obligarte a bailar sin preguntar, tocarte el culo impunemente mientras pasabas delante de ellos. Aprendí también que si decías que no, la respuesta era decirte “fea”.

  11. 1997
    Cuando tenía 18 años, iba caminando hacia el gimnasio -cuando un señor -que segundos antes pensé que era muy parecido a mi papá por el bigote y el traje y la corbata- acercó su boca a mi oído y me dijo “Qué conchita tan gordita y tierna”.

  12. 1999
    Cuando tenía 20 años, volviendo de salir con mis amigas en un taxi (en el que siempre era la última porque vivía más lejos) el conductor atravesó el Parque Batlle mientras me decía que era una noche muy linda para volver a casa tan temprano. No fue lo que dijo, fue como lo dijo. No había celulares y mi gesto instintivo fue apretar fuerte la manija de la puerta y esperar que siguiera hasta mi casa.

  13. 2004
    Cuando tenía 25, en medio de una gira por el interior en la que yo estaba sola sin fotógrafo y manejando mi auto, un dirigente político creyó oportuno hacerme saber a través de otra persona que yo le parecía linda y que si algún día quería un puesto entre sus asesores solamente tenía que pedirlo.

  14. 2011
    Cuando tenía 32 años, embarazada de 8 meses, subía la escalera de la Plaza Cagancha y un hombre creyó oportuno hacerme una lista de los lugares de mi cuerpo donde metería su pene y su lengua, mientras me hacía saber lo que era bastante obvio: cómo lo “calentaban” las embarazadas.

  15. 2017
    Ahora tengo 37. Uso Twitter para hacer mi trabajo porque soy periodista. Y por lo menos una vez cada tres días, algún hombre me manda por mensaje privado la foto de su pene. Lo bloqueo, y tres días después, sin advertencia, otro aparece.


Línea para asistencia a víctimas de violencia doméstica.

Desde una línea fija 08004141 - Desde celulares *4141

El servicio es gratuito, confidencial y anónimo y la llamada no queda registrada en la factura. En función de la situación y la demanda planteada se deriva a la persona a servicios y recursos públicos o privados especializados.

Horarios: Lunes a viernes de 8:00 a 24:00hs , sábados y domingos de 8:00 a 20:00hs